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Os quiero anunciar que, aparte de colgar mis "obras" : según las musas sean pródigas o avariciosas, mi idea es no dejar el blog vacío ni Martes ni Miércoles, bien colgando en él poesías, bien prosas mías (Martes) o de diversos autores (Miércoles). Y quizás algún día más, según las musas...
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miércoles, 27 de junio de 2012

La historia de Antxon y Aitziber (Parte 1, mañana la parte 2, que ya está escrita) [by Mario]

Caminaba como un anciano, o, mas bien, era un anciano quien caminaba. Un anciano de 32 años. Roto por una mujer, una mujer a la que él rompió. 10 años a solas; fue, y sigue siendo, la mujer de su vida. Diez de lo que su cuadrilla llamaba, de coña (si supieran lo que se sufre...) “sequía goleadora”. La mayoría de su cuadrilla estaba emparejada, y quien no, tenía varias amantes. No la había vuelto a ver, vivian en ciudades diferentes, pero próximas. Ya no tenía su teléfono ni su e-mail, ni los recordaba, pero sí perfectamente donde vivía, entonces con sus padres, ahora él suponía que en otro lugar con su pareja e hijos.

La había destrozado por el alcohol, desde los 18 hasta los 23 era un borracho empedernido. No llegó nunca a ser alcohólico total, pero en aquellos años de Universidad salía a 3 borracheras semanales. Borracheras de las de verdad, de no recordar lo que había hecho. Desde que ella le abandonó, no volvió a tocar el alcohol, Lo único bueno que sacó.

Se conocieron en primero de carrera, y el flechazo fue instantaneo. Pero, rápidos que son los vascos para estas cosas, a pesar de verse todos los días, y haberse dado cuenta toda la pandilla, él no le dijo que le gustaba, -con un miedo atroz- hasta mediado el segundo curso. Cuando ella le dijo que sentía lo mismo, el cielo entero se abrió y de él brotaron limoneros y delfines.En aquella época era normal bajar los fines de semana de Leioa a Bilbo a pegarse una juerga. Dos fines de semana -seguidos- él se pilló unas borracheras descomunales, pero le dijo -y era cierto- que estaba celebrando el estar juntos por fin. Tardaron un mes en hacer el amor, y yo sigo pensando que la de los Euskaldunes es la mejor manera, a la antigua.

Pero pronto las borracheras empezaron a ser demasiado intensas, demasiado brutales. Ella le amaba con total intensidad y devoción, y estaba segura de que él a ella también; y le perdonaba constantemente porque, cuando estaba sereno, y también cuando sólo estaba achispado, era el ser más dulce de mundo, y le demostraba un amor verdadero y que se intuía eterno.

Aitziber pensaba que él dejaría de beber cuando empezaran el segundo ciclo, muy exigente. Pero no; Antxon tenía una memoria increíble, una enorme capacidad de síntesis, y una intuición que le llevaba a saber lo que cada profe quería leer en el examen. “Yo saco el segundo ciclo con la punta de la minga” era su frase. Y fue así en cuarto, pese a sus constantes borracheras. Aitziber le seguía amando con auténtica veneración, pero cuando él, para “curarse la resaca” se empezó a tomar un par de cañas por la mañana, creyó llegado el punto. Aprovechando que ese fin se semana no estaban sus padres en casa, en Bilbo, le llevó allí y le dijo “¿Sabes que te estás convirtiendo en alcohólico?” Que va, mujer, yo esto lo dejo cuando quiera. Así fue durante dos semanas, las más felices de su relación. Cuando al tercer Lunes, al ir a desayunar, se encontró con él tomando un patxaran, le dijo “Antxon, hemos terminado, y no digas nada, te dí una oportunidad y me has fallado. Adios para siempre, ni me saludes”. Dos amores rotos porque se cruzaron las botellas, malditas que se cruzaron.

Faltaba el último examen, y Antxon no se pudo presentar, Aitziber tampoco. Dos prometedoras carreras de Derecho tiradas abajo por la bebida. Nunca hicieron quinto.

Antxon les contó a sus padres que Aitziber le había dejado, por supuesto sin entrar en el tema del acohol. Les djo que iba a recorrer españa de camping en camping, y ya llamaría de vez encuando, pero que no le llamaran, por favor.

Y asi hizo, de camping en okupa, de okupa en camping...Un par de chicas se le declararon -siempre había sido un tío atractivo- pero su corazón estaba totalmente ocupado. De todos modos, aprendió mucho en ese viaje de 3 meses, y le sirvió para, al menos, asumir la pena, y llevarla como si fuera el bazo o un pulmón que dolían pero no mataban.

Diez años, 10. Andando lento, arrastrándose con la cabeza gacha. Ya no podía más.

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