EL BLOG ESTARÁ ACTIVO TODOS LOS DÍAS

Os quiero anunciar que, aparte de colgar mis "obras" : según las musas sean pródigas o avariciosas, mi idea es no dejar el blog vacío ni Martes ni Miércoles, bien colgando en él poesías, bien prosas mías (Martes) o de diversos autores (Miércoles). Y quizás algún día más, según las musas...
POR TANTO, ESTE BLOG ESTARÁ ACTIVO, AL MENOS, MARTES Y MIÉRCOLES,

lunes, 30 de abril de 2012

PEQUEÑOS OAXAQUEÑOS

Los niños agarran pequeñas piedras y construyen su propia plaza,  y en el centro, una estrella asimétrica, conmemorando algo que no nos van  a revelar. Pequeños lindos niños mexicanos, pequeños oaxaqueños que viven en pleno castigo, y no se dan cuenta porque ya nacieron con la opresión. Triste realidad.
No pueden sentir el dolor de sus padres y madres, porque no conocen otra cosa que detenciones y torturas, así es la vida habitual, y no se percatan, ni pueden imaginar otra.
La idea de un país en paz les es totalmente ajena, la propia palabra “paz” no saben lo que significa. Y sin embargo, siguen jugando y divirtiéndose, con piedras, con palos, con la ropa vieja que ya no vale para nada.
Triste también es la realidad de millones de niños en todo el mundo, niños hambrientos, niños soldado.
Estás aportando cada mes 30 euros a una muy modesta ONG y que por tanto parece de confianza. 30 euros de un sueldito y que te suponen un esfuerzo. Pero no te parece que hagas nada.
Empieza a madurar en tí la idea de dejar todo atrás y marcharte. No unos meses a Oaxaca, sino para siempre.
El piso es de alquiler y no tienes muchas cosas por las que sientas apego. Así que decides hacer una pequeña mudanza y dejar en casa de un amigo las pocas cosas que quieres conservar : Los discos de Todd Rundgren y Randy Newman, los líbros de poesía y divulgación científica...y de repente te das cuenta de que no hay nada más que te ate. Sientes al mismo tiempo culpa y alivio. Culpa por haber amacenado tantas cosas inútiles, alivio porque reconoces el consumismo en que vivías y que no se repetirá.
Todo lo demás va al rastro, te pagan una mierda, pero tu objetivo era que al deshacerte de ello otras personas pudieran beneficiarse
Contactas con tu ONG, que trabaja con niños en el cuerno de África, les comentas tu idea. Te dicen que puedes ir 3 meses de prueba y luego decidir si te quedas o no.
Te cuesta un par de semanas decidirte, aunque desde el primer momento sabes la respuesta, y la respuesta es sí.
El viaje es una travesía normal, con miedo a lo que encontrarás allí.
Hay malaria, hay tuberculosis, hay hambre...
Te asignan una aldea donde hay voluntarios recien llegados de diversos países. Entre el inglés y el lenguaje corporal os vais entendiendo.
No hay vacunas de malaria y tuberculosis para todos los niños. Las industrias farmaceúticas podrían facilmente acabar con ambas enfermedades casi sin perder un euro, pero son tan avariciosas que ni se les ocurre hacer un acto de buena voluntad.
Teneis que elegir a qué niños vacunar y a cuales no. Te sientes como un asesino, los demás también.  Pues sabeis que cada niño vacunado es otro condenado a muerte. Pero tras un par de semanas esa sensación desaparece. Vacunais a los niños más sanos y fuertes, es como un Darwinismo llevado al extremo, pero no hay otro remedio. Al menos aliviais la hambruna general con una nueva papilla que les alimenta, y al cabo de unos meses les podrá permitir comer sólidos.
Estás tan absorto en tu trabajo que los 3 meses pasan como un solo día. Ahora viene la decisión : ¿Te quedas o vuelves?. Les comentas a las responsables de la ONG que vas a quedarte, pero que necesitas coger 15 días para despedirte de tu familia y amigos. “Es lo habitual”, te contestan. Tus padres se deshacen en lágrimas pero al mismo tiempo alaban tu valentía. No soy un heroe, simplemente hago lo correcto. Ellos sabían que este día llegaría tarde o temprano. Tus dos hermanos te dicen “Cojonudo, tío!!”. Te despides de tus tíos y primos. Te sorprende que quien más llora son algunos de la cuadrilla. Los abrazos son inmensos, pero no pueden dejar de llorar.
Te tienes que hacer fuerte, tú también les vas a echar muchísimo de menos.
Dudas entre si llevarte los libros y discos o no. Los de poesía sí, te van a llenar el alma cuando te sientas muerto. Los otros no.  ¿Y los discos? El amigo en cuya casa dejaste las cosas te regala un pequeño pero potente reproductor de CDs a pilas, y te dice “tú  necesitas a estos dos como al agua, y seguro que a los pequeños la música les ayuda”. Me convence. Y hago un último acto consumista: 150 pilas para el reproductor (quizás allí te las puedan conseguir, quizás no...Por eso llevas tantas). Y la discografía completa de los Beatles, música más curativa no puede haber.
Llega el día de la partida y has prohibido a amigos y familia que vayan al aeropuerto a despedirte. Lo cumplen. Y tú marchas sabiendo ya lo que te vas a encontrar, y feliz por hacer lo adecuado. Sabes que nunca volveras...

Este escrito está inspirado en un poema y en la vida de mi amigo Manolo Pipas, en un comentario en “Gerardo” de mi amiga virtual Dinah, y en un e-mail de mi amigo, tambien virtual, Ned Henry.

sábado, 28 de abril de 2012

¿SOBREVIVIR?

Como un oso enjaulado, me asfixio en la espesura de desechos que invaden mi casa desde hace semanas: papeles, bolsas de plástico, cajas vacías y un sinfín de objetos inútiles que se amontonan por todas partes. Mi mente, mientras tanto, vuela a través de la habitación, atraviesa los sucios cristales y se pasea por la ciudad que se extiende a mi alrededor. Recorro con mi imaginación las avenidas por las que solía pasear, y procuro fijar los escasos recuerdos que aún conservo. Esos recuerdos, insectos atrapados por un alfiler, me permiten saber que sigo viviendo.
Nunca pensé que la situación llegara a este límite. Hace unos días intenté poner orden; limpiar la basura que me rodea, que parece acumularse ya por toneladas; separar todo aquello que pudiera servirme para un futuro. Fue inútil. La montaña de suciedad ha atascado puertas y ventanas, y soy incapaz de distinguir la mayoría de los cacharros; han perdido su individualidad, su esencia; son pequeñas unidades inofensivas que constituyen un todo amenazante y caótico; alucinaciones que se multiplican, como en el juego de los espejos, hasta formar un mundo de residuos que me envuelve y atenaza.
Imagino que el olor debe de resultar  insoportable. Por suerte, no sólo me he acostumbrado, sino que incluso estoy perdiendo la sensibilidad. Tengo el olfato prácticamente atrofiado y eso me salva.
Ayer encontré el rincón. No sé cómo es posible que este islote de limpieza, esta esquina de la casa que la inmundicia ha respetado, me haya pasado desapercibida tanto tiempo. No importa, tal vez el destino me tenga reservadas otras sorpresas, ocultas por el momento, que me ayuden a sobrevivir...¿a alargar mi agonía?. Quizá simplemente sea una broma, otra más, del travieso diablillo que mueve los hilos de esta pesadilla. Sea como sea, decido instalarme cómodamente en este refugio, dispuesto a conservarlo.
Mi hallazgo no ha podido ser más oportuno: por si algo faltaba, desde el cuarto de baño comienza a fluir una nueva marea de orines y podredumbre, más fétida e imparable que de costumbre. Rápidamente hago acopio de cuanto material relativamente consistente puedo encontrar, y construyo una muralla que nos proteja, a mí y a mi isla. En ella no me siento como en los mares del sur, pero por un momento me hace escapar de Desolación.
Resulta curioso cómo la mente humana se amolda a las nuevas situaciones, por terribles que sean. Ya no puedo concebir este lugar libre del caos que lo anega, no recuerdo como era antes de que la porquería empezara a acumularse como una plaga indeseable y sin explicación. Todas mis preocupaciones han sido olvidadas y sustituidas por una que ocupa mi mente con persistencia: sobrevivir.
La oscuridad. Siempre la había temido como se teme a un enemigo inteligente y despiadado. Hace tiempo que ni el más pequeño rayo de sol puede colarse por las ventanas; pero el tejado, alto, translúcido e inalcanzable, todavía me informa del día y la noche. Vivo en una semipenumbra constante, en la  que las ratas proliferan de un modo increíble.
Me aventuro hasta la cocina espoleado por mi estómago hambriento. Al atravesar algunas zonas de la casa que hasta ahora había ignorado, me pregunto si era consciente de la ruina en que estaba inmerso. Sorteo charcos oleosos y acúmulos de materia en descomposición, y me dirijo hacia el frigorífico. De momento las ratas se mantienen alejadas; creo que mi aspecto les inspira más miedo que el que yo les pueda tener. Al abrir la nevera, apagada hace días, no puedo evitar que mi estómago se rebele; el olor es más fuerte de lo que podía imaginar. Me retiro desanimado hacia mi islote; la comida empieza a convertirse en ese problema del que, hasta el momento, había conseguido escapar.
De repente me doy cuenta de un hecho sorprendente: la basura, que hasta ahora parecía crecer sin límite, ha dejado de acumularse;  hace días que me rodea el mismo paisaje. Tal vez todo el proceso haya sido una ilusión de mis sentidos, pero prefiero pensar que algún cambio está próximo.
El orificio en la pared todavía me proporciona casi todo el líquido que necesito. La cañería conserva un flujo, pequeño pero continuo, de agua medianamente potable.
El hambre por fin me ha decidido a cazar ratas. El primero fue un enorme macho que destripé como pude, y fui incapaz de comer, paralizado por el asco. Pero ahora me he decidido por los pequeños ratoncitos, ciegos y desnudos, que abundan en innumerables nidos distribuidos caprichosamente por toda la casa. La necesidad me ha convertido en un experto en la localización de las camadas, y sólo lamento no poder hacer fuego, porque imagino que asados resultarían un bocado sabrosísimo.
Nunca pensé que esta situación pudiera resultarme divertida, pero la búsqueda de las madrigueras, y la pelea con las madres para hacerme con mis sonrosadas presas, es lo mejor que me ha sucedido en las casi cuatro semanas que dura este encierro. Me siento como el niño que trepaba a los árboles y robaba huevos de los nidos, y luego los ponía en el asiento de la chica más guapa de la clase, para ver su cara contraerse de incredulidad cuando se rompían bajo su peso. Yo adoraba esa mueca de sorpresa, como adoraba todo lo suyo, y nunca me atreví a decírselo.
No es que fuera un misántropo, aunque siempre supe defenderme bien en la soledad. Me gustaba la gente, pero me cansaba muy rápido de estar rodeado de individuos cuyos pensamientos se movían por dimensiones que me resultaban ajenas. Ahora paso el día hablando sólo y rellenando cuartillas, para evitar pensar en lo evidente. Para huir de ese futuro vacío y sin sentido hacia el que me dirijo guiado por una supervivencia tenaz, cuyo único objetivo es la propia supervivencia.
Hoy he vuelto a visitar mi propiedad. Desde lo alto de la primera duna he contemplado con calma la ruinosa cordillera que ocupa esta casa, que siempre fue demasiado grande para mí. He ascendido con dificultad a cada uno de los picachos de inmundicia y he constatado, con alarma, que los nidos de ratas empiezan a escasear. Me distraigo revolviendo entre los escombros, y encuentro una bolsa conteniendo viejos libros de teología, que espero hojear tranquilamente en próximos días. Entre otros mil cachivaches, también encuentro vestidos de mujer, peines, preservativos y un juego infantil de cubos de colores que aún conserva un suave perfume a colonia de niño, un olor que penetra como una daga en mi desprevenido olfato. Lo guardo como un regalo precioso.
Cada vez me resulta más difícil conseguir comida, y no me consuela saber que la hambruna es general. Los roedores, fuera de unos pocos ataques durante mis horas de sueño, me habían respetado. Ahora, sin embargo, cuando no están ocupados devorándose unos a otros, empiezan a lanzar hacia mí sus temibles dentaduras. También el agua comienza a escasear
Apenas  puedo sostener la pluma. Desde que las últimas ratas desaparecieron , me he alimentado de cucarachas y otros insectos -raros, difíciles de cazar y terriblemente desagradables al paladar- que también han terminado por extinguirse. He intentado comer mohos, líquenes, cartones, papel y plástico, pero ha sido inútil; mi estómago, acostumbrado a la carne de rata, es incapaz de digerir otra cosa.
Golpean mi cabeza imágenes del pasado; infancia, adolescencia, novias y familiares muertos se mezclan en un caos del que surgen, distintas y brillantes, ráfagas de dolor y de ausencia. Siento perfumes olvidados, oigo voces que vuelven del silencio, y apenas soy capaz de separar el presente de esta vida que vuelvo a vivir.
Ya no tengo hambre, y la sed se ha convertido en una compañera agradable, casi una amiga. Vivo en una ensoñación placentera de la que no puedo ni quiero escapar; me deslizo lentamente hacia un estado catártico y feliz que deberá ser cortado por un final que intuyo cercano. Y no quiero que ese final llegue, al menos no antes de aprehender esta felicidad tan nueva y sorprendente.
Por primera vez en...¿cuánto tiempo?, escucho gritos en el exterior; voces, carreras, sirenas de bomberos...
Y vuelvo a sentir esperanza. Una esperanza que creía muerta para siempre. Que empezó a morir cuando decidieron hacinarnos en este barrio. Que murió cuando el ejército tomó cada calle y cada casa para sofocar las protestas, y hubo cientos de muertos. Que fue enterrada cuando decidieron que el espacio que ocupaba el barrio era imprescindible para instalar el nuevo vertedero de basuras de la ciudad. Una esperanza...

INSOMNIO

Padeces de insomnio crónico. Eres como Edward Norton en El club de la lucha antes de apuntarse a todos los grupos dolientes de auto-ayuda. Pasas las noches delante del ordenador escribiendo malas poesías de lo que el día te ha sugerido. Al salir del trabajo ni comes, te vas a pasear 4 ó 5 horas a ver si de una vez te cansas y duermes. Un día dormiste una hora, es tu triste record. Lo normal son cinco minutos sueltos de vez en cuando. Al menos, con tanto paseo y tanto ver gentes y cosas, tus poesías van mejorando, y buscas certámenes por internet.

El médico se resiste a recetarte nada, dice que llegará un día en que el sueño se normalice. Pero ya llevas así 3 meses. Pides cita con el psiquiatra y te la dan para octubre del año siguiente. Consecuencias de la privatización y la reducción de personal.

Recuerdas con añoranza los tiempos en que dormías 4 horas (nunca necesitaste más)

Lo más jodido es que no tienes ni idea de porqué este insomnio. Tienes un trabajo relajado y cobras un buen sueldo. Paseas hasta hartarte. Ninguna mujer te ha roto el corazón y tienes varias amigas con derecho a cama. Pero ni siquiera después de una noche de sexo coges el sueño.

Empiezas a sentir temblores y mareos, tmbién nauseas, consecuencia lógica de 6 meses sin dormir. A veces en el trabajo pierdes la noción de lo que estabas haciendo. En tus paseos te despistas y no sabes donde estás.

Poco a poco te vas convirtiendo en un poeta insomne. Eres tu mejor crítico, y aunque lleves ya 9 meses de insomnio, eres consciente de que en los últimos dos has escrito verdaderas joyitas.

Tienes un conocido en una editorial y le llevas lo que tú juzgas mejor. Se muestra realmente entusiasmado y te dice que están preparando una antología de poetas jovenes (menores de 30 años), y que hay lugar para tus poesías. Por supuesto tienen que pasar por edición, pero cree que casi se podrían editar tal cual.

Ante semejante alegrón piensas que esa noche dormirás como un bendito. Logras dormir media hora seguida, algo es algo.

Hace años que no pruebas ni gota de alcohol, pero una noche sales -de pura desesperación- a emborracharte y te tomas 5 whiskys. Sólo consigues que la cama te dé vueltas y encima bloquearte para escribir. Piensas que el día siguiente en el trabajo va a ser terrorífico. Vas sin afeitarte, sin ducharte, desaliñado, oliendo a alcohol...

Tú jefe, por supuesto, se da cuenta y viene a preguntarte qué ha pasado. No te echa de primeras la bronca porque te aprecia como trabajador y personalmente. Le mientes y le dices que ayer fue el cumpleaños de tu hermano y, como habitualmente no bebes, te tomaste unas copas y estás hecho polvo. “Bueno, por esta vez pase, pero que no se repita”. No, tranquilo jefe, no se repetirá, ya sé lo que es una borrachera y no quiero otra más en mi vida. El jefe se ríe y te mira con aprecio “No quiero perder al mejor empleado que tengo”

Por fín llega Octubre, el día “D”. Cuando le dices al psiquiatra lo que te pasa hace más un año, lo pimero que hace es ciscarse en todos los muertos de tu doctor de cabecera. “¿Pero cómo ha sido capaz de manterte un año así? Pedazo de cabrón!, voy a solicitar su inhabilitación”

“¿Has tomado somniferos alguna vez?” No, nunca, y además soy de poco dormir, con 4 horas estoy fresco como una lechuga. “No es lo habitual, ya lo sabes,  pero conozco otros casos”. “Mira, te voy a dar un somnifero suave, que no crea adicción, y que se usa en niños y ancianos. Te tomas dos pastillas media hora antes de acostarte, y ya verás que duermes fenomenal. Te doy cita para un mes y vemos qué tal vas, vale?” Vale.

¿Fenomenal? Esa noche dormiste 7 horas!!! Estuviste 2 semanas tomando las 2 pastillas, recuperando todo el sueño perdido, durmiendo entre 6 y 7 horas. Al cabo de dos semanas quitaste una y pasaste a dormir tus 4 horas reglamentarias. 4 de sueño y 4 de poesía, y tus largos paseos, eras feliz!!! En el trabajo rendías aún más, y el jefe te dejó caer la posibilidad de hacerte fijo.

Cuando llegó la segunda consulta con el psiquiatra le dijiste la verdad y te dijo “Mira, el insomnio puede ser provocado por mil causas psicológicas que llevarían años de terapia, o por causas físicas, del cerebro, que aún no conocemos” “En tu caso, por la vida que llevas, estoy practicamente seguro de que es físico” ¿Tengo que seguir tomando la pastilla? “Pues mira, tómala 15 días más y luego la quitas. Te doy cita para dos meses y ya vemos” “Eso sí, si vuelves al insomnio vuelve a tomarla, que ya te recetaré un somnifero aún más suave la próxima vez”

Pasados los 15 días retiraste la pastilla y se obró el milagro, dormíste 4 horas de un tirón, y al día siguiente, y al siguiente...y así hasta hoy.

La antología poética ya está en la calle y está recibiendo muy buenas críticas, especialmente tus poemas, lo cual te obliga a superarte. Las ventas no son precisamente las de Ken Follett, pero para ser poesía son dignas.

Poeta por insomnio...poeta por un médico ya inhabilitado. Puedes dar las gracias.

viernes, 27 de abril de 2012

SONRISAS

Te paseas por la calle y ves a la gente reir. ¡Que cosa tan bonita regalar una sonrisa! Es bello, es dulce, es tierno. Los niños se acercan para tocarte, con timidez, quizás para asegurarse de que eres real. Los padres te miran con extrañeza pero también ríen. Pero son sobre todo los veteranos a los que alegras el día Ya no temen a nada, ya lo han visto todo, ya han vivido mil vidas, así que no temen acercarse y charlar contigo.

Cuando les dices que estás en cuarto curso en la universidad te echan una ojeada entre incrédula y sorprendida. “Yo pensaba que pedías dinero”. Bueno, la verdad es que a un estudiante no le sobra, pero no, sólo quiero regalar sonrisas porque me siento muy feliz.”¿Y porqué estás feliz, niño, en estos tiempos de crisis?” !Pues porque mi novia está embarazada! -le contestas. “lo más bonito del mundo es tener un hijo” -te comentan mientras te hacen un hueco en el banco- “Te pueden dar disgustos y sufrir por ellos, pero cuando les van bien las cosas disfrutas más que ellos, aunque no se den cuenta. Haceis muy bien ahora que sois jovenes, sino pareceríais sus abuelos”. Otro te pregunta : ”Pero en estos tiempos y aún sin acabar la carrera...No os da miedo?” Los dos tenemos la filosofía de que si quieres trabajar, trabajas, aunque no sea de lo tuyo. Quizás no le puedas dar a tu hijo todo lo que te gustaría, pero el cariño lo tiene asegurado. “Tienes razón, chaval, tienes las cosas claras y eres inteligente. Hoy en día muchos padres sustituyen el cariño por juguetes y regalos”

”Perdona que te haga una pregunta muy personal : ¿fue por accidente, o ibais a por él?” Íbamos a por él. Sabemos que no son buenos tiempos, pero cualquier tiempo puede ser bueno o malo según que actitud tomes ante la vida. Los dos tenemos beca, y estudiamos ingeniería, yo química y ella industrial, y seremos de los primeros de la promoción, o sea que tendremos bastantes posibilidades. “que tengas mucha suerte, chico, y ahora seguir con lo tuyo, y que seais muy felices!” Gracias!.

Y yo seguí a lo mío, a regalar sonrisas. Había incluso gente que me quería dar dinero, pero yo les decía que no, que lo hacía por puro placer. Durante un rato estuve con un conocido del barrio que trabajaba haciendo pompas de jabón para los niños. Entre eso y la renta de integración social le daba para vivir, muy justito pero le daba. Mientras él hacía pompas yo hacía lo mío, y creo que le ayudé a ganar un dinerito extra.

Seguí mi camino, y según dejaba baldosas atrás lo hacía mejor: con los niños y sus padres, con los perros, con las personas mayores. Creo que todo el barrio rió, o al menos sonrío, aquel día. Eso me animó a repetirlo, y como cada vez lo hacía mejor y ya la gente se reía a carcajadas, seguí todo el curso haciéndolo. No había hecho un año atrás un curso de clown en vano. Una nariz roja, una peluca malva y un traje de payaso no cuestan mucho dinero, sólo tienes que recordar el curso e inventar nuevas payasadas. Pero siempre había sido el payaso de la pandilla, así que...

miércoles, 25 de abril de 2012

GERARDO

Gerardo no tenía una mente normal, si es que existe ese concepto. Era hiper-sensible, y frágil como el vidrio más delicado. Poseía una inteligencia y una intuición que se salían de las tablas. Era un solitario vocacional cuya gran afición y vía de escape era la pintura. Visitar la cochambrosa nave en la que trabajaba y almacenaba sus cuadros, era como visitar un museo de Pollock, Picasso, Miró...De nuestros días.

Pero él no tenía ninguna intención de venderlos, ni siquiera de exponerlos, simplemente los hacía por propìo disfrute. Vivía modestamente de una pensioncilla, y no he conocido persona menos consumista que él. Por mucho que sus poquísimos amigos y conocidos le dijéramos que aquello era genial y que se encontraría puertas abiertas de galeristas, compradores y museos en cuanto vieran una docenita de sus cuadros, el se cerraba cual almeja autista. Así que, simplemente, dejamos de insitir.

Gerardo, además, seguía la política con interés, algo paradójico en el aislamiento casi monacal en que vivía. Tenía una ideología que sus amigos llamábamos “anarquismo gerardiano”. No creía en las fronteras, las banderas, los ejércitos...Y no era conveniente para él, para su exagerada delicadeza y siendo un hombre naturalmente quebradizo, seguir la miríada de noticias estúpidas, desagrables y pringosas de eso que hoy en día llaman política.

Sabía que en otras épocas la gente luchaba por unos ideales,y él soñaba con una revolución. Aunque la famosa frase del Che “la revolución, o es armada o no es revolución” le atraía, su natural pacífico le hacia soñar con una revuelta con más amor que fusiles. Un levantamiento popular que consiguiera terminar con todas las sabandijas de los partidos políticos sin disparar un solo tiro. Y luego organizar una sociedad horizontal con representantes y portavoces, y no plagada de dirigentes y dirigentillos. Era utópico y factible a la vez.

Su única actividad, aparte de la pintura, era ir todos los días a la misma cafetería y leer todos los periódicos de las diferentes tendencias.

Luego volvia a su cubil y ponía un disco de Bob Dylan. No tenía más discoteca que la obra íntegra de Dylan. Y en función del disco que eligiera, pintaba.

Empezó a frecuentar cada vez menos la cafetería, porque incluso los artículos de opinión estaban llenos de mierda, no había política, sólo prensa del corazón acerca de quién robaba más. Dejó de ir a la cafetería de puro aburrimiento. Tan aburrido estaba, que el río al que se tiró Gerardo era lo suficientemente profundo, lo suficiente como para que jamás encontraran su cadaver.

Hoy en día es una leyenda pictórica, y es su familia quien administra todo su legado, como con Jimi Hendrix. Al menos...

martes, 24 de abril de 2012

RUINAS

Sales a dar un pequeño paseo, y te paras a contemplar ese viejo edificio al cual nunca habías prestado atención. Ahora reverdece, su fachada desprendida por fin de la enorme valla publicitaria que la atormentaba. Piedra y cemento y unas ruinosas ventanas que vuelven a la luz y muestran entre guiños un interior derrumbado. Tras mucho tiempo, la aparición de su verdadera cara en esta esquina supone un acontecimiento que sólo si paseas con ojos abiertos y cierta alma se puede apreciar. Tras las ventanas, cascotes y muros semiderruidos hacen suponer que vendrán las palas excavadoras y crecerá allí otra rápida torre de viviendas. Es breve el instante en que el viejo edificio recupera su prestancia y por momentos vuelve a presidir la calle, como tal vez hizo muchos años atrás. Ahora, libre de la obligación de anunciar malas películas y peores diarios, ofrece un lugar mágico para que los niños jueguen y se pierdan en su interior, tan comido por escombros como renacido por árboles que el tiempo ha crecido. Quizás dentro de unas semanas este lugar sea siquiera un recuerdo, el ruido y las máquinas chillonas y grasientas se abrirán paso a su través, para formar un nuevo bloque impersonal.

Y tú te preguntas si no sería mejor dejar, en ciertos lugares, viejas ruinas que recuerden el pasado, y que su deterioro, lento, pausado, a la vista de todos, nos dé tal vez una mejor idea del paso del tiempo que la ofrecida por infalibles relojes nucleares. Imaginas una ciudad imposible (pero esta ciudad ya lo es, todas lo son pero esta quizá más) en la que cohabiten, en calma y respeto, nuevas construcciones, viejas joyas rehabilitadas, y ruinas envejeciendo sin pudor a la vista de la gente. Ruinas queridas y no abandonadas, respetadas en su marchita y misteriosa belleza, apreciadas por su sabiduría que puede volver a encantar a niños que juegan y adultos que se dejen llevar por su dulzura intangible.

Recuerdas otros lugares, otras ruinas, famosas algunas, tan famosas que no hace falta nombrarlas porque están en la cabeza de todos, en todas partes del mundo; otras desconocidas, modestas ruinas que descubriste en un pequeño paseo y que han pasado a formar parte de ese universo personal de recuerdos y momentos. Ruinas rodeadas de árboles cultivados, y otras de simples malezas que han ido medrando hasta convertirse en pequeños bosquezuelos que cobijan la piedra olvidada. Quizas algunos de los grandes monumentos empezaron así, como pecios de un tiempo lejano que alguien empezó a valorar y con su entusiasmo consiguió contagiar al resto. Esta vieja casa abandonada que hoy te ha hecho pararte es sólo una prueba de que hay algo más, algo que la razón no puede comprender y el alma sí.

Con tu camara y tu cuaderno vas sacando fotos, dando con frases temblorosas que escribes con premura, para no olvidar lo que tal vez mañana será destruido. Y mientras tanto, piensas en tristeza, lloras un pasado no respetado que tú no viviste, pero que las ruinas te ayudan a recordar.
Mañana ya será tarde.